domingo, 11 de enero de 2009


Sentí el viento aumentar en mis incrédulos ojos al ver lo que apreciaba ésta mañana , ese pasmoso céfiro en el rocío mañanero que ahuyentaba mi recelo de suspiro ceñido por lo que fuera para cualquiera un agraciado paisaje campirano y en mi representaba puramente una ventola de agraviosa uniformidad. No recuerdo si fue la intensidad de la brisa o el sentir reservado de la desidia lo que repentinamente lanzó el más sincero bostezo hacia el adulado exterior.
Mil y una vocecillas unisonantes agobiaron mi sentido mientras vagaba en el ficticio escape de esa hipócrita tortura en la que me hallaba prácticamente indefensa y entregada al enemigo.
Cientos de minutos eternos e inagotables transcurrieron en el desierto de mi suplicio, desierto por el llano destierro y suplicio por lo inaguantable de un marco regido por la única norma del silencio ante mis inconformidades. Nunca pude desobedecer frente a las 4 escopetas esquinadas que amenazaban con disparar lapsos de calvario, así que solo me ceñí y obligue a mis ventanas hacia el fuera a despojarse de él.
Me fue imposible deshacerme de los hechos y utópico contemplar la felicidad molesta y deslumbrante con la que esos soldados que me tenían aquí, disfrutaban la enfadosa y lúcida situación foránea a mi interés; Dejar de sonreír ante lo hermoso y padecer lo que para ellos fuese gustoso fue mi crimen.
Es por eso que desde ese tiempo de angustia y desolación, abrumada, me declaré, diferente y por lo tanto pecadora…

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